El Foro Económico Mundial publicó el informe de riesgos globales a comienzos de este año, mostrando los muchos retos a los que nos enfrentamos como sociedad global en el corto, medio y largo plazo. Y aunque los riesgos a corto plazo son principalmente de índole social (dado en gran parte por la reciente crisis sanitaria), el largo plazo trae consigo enormes retos climáticos, incluyendo el miedo a que se están tomando muy pocas medidas para combatir el cada vez más intenso cambio climático. 

El confinamiento causado por la crisis de la COVID-19 produjo una caída significativa en las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel mundial, sin embargo, no tardaron en volver a crecer, demostrando la alarmante situación de dependencia de combustibles fósiles; una preocupación que se ha visto acompañada de la creciente necesidad de tomar medidas climáticas. De hecho, en la última conferencia de la COP 26, se pudo ver como el objetivo de 1.5Cº establecido en el Acuerdo de París aún quedaba muy lejos de ser alcanzado, haciendo de la descarbonización una urgencia. 

Los últimos análisis científicos ambientales realizados señalan consecuencias irreversibles que ya empiezan a empujar nuestros ecosistemas hasta sus límites. Pero, ¿podemos alcanzar la transición climática necesaria lo suficientemente rápido? ¿o podrían las consecuencias de un cambio tan rápido ser dañinas para la actual crisis climática? 

Doble problemática

La situación internacional actual en lo que respecta al cambio climático, así como los objetivos y políticas desarrolladas en torno a ello, han creado una bifurcación multidimensional de potenciales consecuencias para los esfuerzos globales que tratan de impulsar la acción climática. 

Por un lado, encaminarse hacia una transición rápida podría significar una transición desordenada, creando un entorno de polarización entre países; por otro lado, una transición demasiado lenta podría suponer daños climáticos irreversibles con consecuencias sociales y económicas disruptivas. 

A nivel nacional, la disrupción de la transición podría darse debido a la falta de conexión y coordinación entre gobiernos, empresas e individuos, disminuyendo así las políticas, objetivos y regulaciones debido a solapamientos con necesidades inmediatas. Además, a escala global, podríamos hablar de implicaciones geopolíticas a raíz de las diferencias entre aquellos que abogan por fuertes esfuerzos de descarbonización y aquellos que aún juegan en términos de greenwashing. 

Una transición rápida pero desordenada

Gobiernos, empresas, instituciones e individuos se están sumando a iniciativas a favor de la acción climática y que procuran impulsar el desarrollo sostenible y una transición neta cero de la economía; los criterios ESG son un gran ejemplo de estos esfuerzos. Con el crecimiento del capitalismo de stakeholders y el activismo de accionistas, los criterios ESG se han convertido en un nuevo lenguaje de sostenibilidad y una de las mejores herramientas hasta ahora para transformar la economía. 

Sin embargo, muchos temen que estas iniciativas están rodeadas de mensajes populistas que no soportan el paso del tiempo o se quedarán cortas con respecto a las promesas realizadas, ya que muchas de estas estrategias están pensadas para el beneficio político y financiero. Pero, ¿cuáles son las consecuencias de estas acciones? 

La escala del esfuerzo hace que medidas rápidas y agresivas provoquen disrupciones inevitables en múltiples dimensiones, esto es, aunque las consecuencias ambientales a largo plazo pueden aliviarse, el impacto social y económico en el corto plazo traería discontinuidades severas. En este sentido, debemos tener presente el riesgo de no tener una visión holística de la transición, ya que deshacerse de un sistema antes de que uno nuevo y más sostenible esté preparado para sustituirlo podría conllevar consecuencias significativas, como por ejemplo la escasez de producción. 

Esto también aplica a los millones de trabajos que actualmente existen en industrias fuertemente dependientes del carbono y que podrían desaparecer en favor de la descarbonización. Es más, la aparición de nuevos mercados financieros verdes, si no se regulan de manera efectiva, podrían hacer surgir monopolios indeseados y peligrosos. 

Lento pero no tan constante

Dadas las muchas complejas interdependencias que gobiernan nuestra sociedad, es muy posible que muchos actores procuren evitar o menospreciar la acción climática en el corto plazo, es más, algunos ya están intentando ralentizar la transición activamente. 

Los gobiernos nacionales necesitan encontrar el equilibrio entre las necesidades de la población, las cuales son altamente dependientes del carbono, y las plataformas, compromisos y regulaciones internacionales que tratan de impulsar un futuro más sostenible. Además, en el escenario internacional, se encuentran aquellos que abogan por el cambio, y aquellos que tienen pocos incentivos o intereses para adherirse a acuerdos multilaterales que pondrían en peligro sus industrias más fuertes. En resumen, los incentivos para empresas e individuos para invertir en la descarbonización son muy pobres, y las penalizaciones por no hacerlo son débiles o inexistentes

Una transición más lenta podría ser más manejable en el corto plazo, pero finalmente supondría tener que tomar cambios rápidos y significativos antes del año 2050, creando así un desorden más notable en el largo plazo, además de la degradación ambiental que amenaza el bienestar social. 
En este contexto, los países en vías de desarrollo serían los más afectados de forma desproporcionada, ya que las barreras políticas y financieras entorpecen los esfuerzos de descarbonización y sus necesidades se centran en alcanzar altos niveles de industrialización y por lo tanto dependientes de combustibles fósiles. Estas prácticas son dañinas para el medio ambiente y probablemente lleven a estos países a priorizar la adaptación antes que la mitigación.

¿Dónde estamos ahora?

La crisis sanitaria ha sido un factor determinante a la hora de ralentizar la transición climática, ya que las medidas tomadas posteriores al COVID-19 se han centrado en la estabilidad a corto plazo, dejando así las preocupaciones climáticas casi totalmente desatendidas. Y mientras las economías nacionales se recuperan a diferentes ritmos, la transición climática parece seguir un patrón de personalización parecido.

Mientras empiezan a surgir iniciativas y regulaciones a favor de transformar la economía y los mercados financieros en impulsores de la sostenibilidad, la realidad es que probablemente no haya escapatoria fácil a sufrir una transición desordenada, sin importar el ritmo al que nuestras acciones individuales y colectivas comiencen a coger forma y fuerza. 

Demasiados años de inacción climática han exacerbado el deterioro ambiental e intensificado las complejidades e interdependencias sistémicas, haciendo de los esfuerzos por luchar contra el cambio climático algo aún más complicado. Los países tendrán que encontrar su propio ritmo para mitigar los efectos a corto plazo y aliviar el deterioro a largo plazo, pero la diferencia de tiempos en la transición entre un estado y otro podrá sentirse a nivel global dada la inescapable conectividad de nuestra sociedad. 

Cualquier transición de esta escala será disruptiva. Todos los grupos de interés necesitan focalizar su atención en acciones que impulsen una transición innovadora, determinante e inclusiva para poder minimizar los impactos del desorden, facilitar la adaptación y maximizar las oportunidades. (FEM, 2022).

No podemos gestionar lo que no entendemos

Creemos que la transparencia es uno de los valores clave que deberían guiar la lucha contra el cambio climático, ya que esta es la única manera de entender qué es lo que hacemos mal, qué hacemos bien y que no estamos haciendo aún. 

Porque ser transparente no es solo una externalidad de las empresas u organizaciones para ayudar a crear confianza y reputación; es también un mecanismo brillante de aprendizaje y mejora continua. No podemos gestionar aquello que no entendemos. Y es por ello que abogamos por la transparencia, la integridad y la precisión como imperativos de la lucha climática.

En DoGood estamos convencidos de la necesidad de entender y gestionar los esfuerzos por conseguir una transición sostenible dentro de las organizaciones para el correcto y eficiente funcionamiento de las mismas. Nosotros solos no podemos conseguir los grandes cambios necesarios, pero trabajamos en base a la colaboración, la transparencia y la precisión para poder dar luz a las acciones sostenibles. 

En este sentido, es esencial para nuestro trabajo promover el buen gobierno corporativo, esto es, seguir con rigor todos los procesos de divulgación y transparencia para proveer a reguladores, accionistas y al público en general de la información más precisa acerca de los aspectos financieros, operacionales y de otros aspectos de la compañía, incluyendo una definición más exacta del rendimiento ESG. 

Hemos desarrollado una herramienta de gobierno corporativo que ayude a establecer objetivos de impacto ESG para los empleados en lo que respecta a la estrategia de sostenibilidad de la empresa. Mediante nuestra tecnología somos capaces de activar y trazar el impacto de los empleados ayudando a crear mayor involucraciónmejores métricas ESGvalor reputacional y un impacto positivo para el planeta y la sociedad. 

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